jueves, 23 de julio de 2009

lourdesmarin31t2

NOMBRE ALUMNO: MARIA DE LOURDES MARIN RAMÍREZ
COATZACOALCOS, VER.
MODULO: CUENTO
TUTOR: MONICA LAVIN
FECHA: 24-06-09
MI E-MEIL: abao_lmarin&prodigy.net.mx

Lourdes marin31t2

CONVERSACIÓN EQUIVOCADA

¡Si la fotografía es mía!...Estaba harta de todo, quise huir de la monotonía del tiempo, de las plagas sociales, de esa boruca hueca que conforma el “queda bien”. Me fui a refugiar a ese lugar apacible, a escuchar historias sin importancia con alguien que apenas acababa de conocer; durante un buen rato disfruté de la gente, del estridente sonido de la puerta abatible y del triste acordeón que tocaba un ciego en el rincón de aquel viejo café.

Nunca supuse que esa dama que contaba historias, vaciando su mirada sobre la lisa superficie de la mesa, pudiera ser un personaje tan buscado. Me senté frente a ella para tener compañía. El sol vespertino me devolvió el calor que había perdido desde aquel día que tomé la decisión de venir buscando empleo. Jamás imaginé que mi cordura estaría en tela de juicio después que nos trajeron a este sitio.

El grupo de médicos dialogó concentrado en el asunto, observando constantemente a las dos mujeres. A manera de conclusión, un médico canoso de evidente autoridad volvió a mirar el retrato, movió la cabeza de un lado a otro, hizo una señal a cuatro corpulentos hombres vestidos de blanco y se las llevaron hasta una puerta. La compañera iba cantando sin preocupación una bella melodía parisina; Lizet en cambio, gritaba desesperada y ansiosa...¡créanme que digo la verdad...no estoy loca!, ¡sólo quería distraerme un poco!, ¡me asfixiaba con esos desgraciados que abusan de la gente!...¡sáquenme de aquí!. Un guardia se encargó de cerrar, amarrar una gruesa cadena entre las rejas y asegurar con un candado la prisión que Lizet había elegido inconscientemente.

Adentro...mucha algarabía por el regreso de la supuesta Edith Piaf...Afuera ...un austero letrero que decía: “El Arca...Comunidad de Trosly”...

Fue ensordecedor el crujir de la reja que convertía a Lizet en rehén del destino. Con una sensación de impotencia y desesperación recordó a su madre cuando la acostaba, el terror que se apoderaba de ella y ese intento agotador para zafarse de las sábanas.

Cuando la llevaban a su celda celda observó a los internos con sus camisas de fuerza y la angustia infantil otra vez la invadió. La esclavitud le maquilló el rostro y un prurito de conformismo la obligó a arrastrar los pies. El instinto de supervivencia puso en su mente, aquel cuadro del “Regreso del Hijo Pródigo”, colgado en la estancia principal que estuvo admirando mientras recibía el insospechado diagnóstico.

Nada pudo cambiar la decisión, su vida giraría a expensas de la injusticia, cada paso de los custodios golpeaba sus oídos, ella simplemente se dejaba llevar por la inercia de su desgracia. Por fin, en su habitación miró la escueta ventana que en lo alto absorbía un poco del sol vespertino. El ruido del cerrojo la ubicó en la realidad, los enfermeros salieron dejando a Lizet en su nueva morada; cuatro frías paredes, una garganta inútil, su pecho vacío y sus extremidades flácidas e impotentes. Durmió el resto de la tarde. Por la noche despertó descubriendo ruidos que jamás imaginó escuchar y dando la bienvenida al insomnio, que a partir de entonces, sería su compañero.

Por la mañana el bullicio era incontenible. Salvo las blancas batas del personal todo lo demás era variado en forma y colorido; los medicamentos, las personas, los comportamientos, las decisiones, las miradas. Lizet se pasó los primeros días rumiando su pena; poco a poco el elixir del dolor la fue robusteciendo y sus sentidos se aguzaron de manera sorprendente.

Un día Lizet no escuchó los diez golpecillos que deba en la pared a manera de saludo su amigo “el matemático”, de inmediato se asomó a la habitación contigua y lo vio tirado en el suelo con la piel ceniza; antes de reportar la tragedia tomó por debajo de las rejas el legajo que el hombre siempre cargaba y lo escondió en la frazada de su cama. Esa noche, con la escasa luz de la luna revisó el tesoro del vecino. Encontró varias servilletas de papel plagadas de números, ecuaciones, cálculos, proyectos, planos, notas musicales y una envoltura de cigarros escrita por ambos lados con diminutas letras que a simple vista era imposible leer.

El tiempo transcurrió y los años favorecieron a Lizet. El saber escuchar la había llevado hasta ahí, de la misma manera ella saldría. Todos querían conversar con ella, los conscientes y los inconscientes; a veces era la “interna de confianza” y otras la “enfermera en turno” fue sondeando el terreno y ganando simpatías. Favorecida por ciertas canonjías podría salir continuamente y disfrutar de Rembrant. Ese cuadro era una promesa de vida, de comprensión, de esperanza...nada mejor le pudo haber pasado que llegar a ese lugar donde además, tenía esa maravillosa ventana que le suministraba un poco de sol, un poco de estrellas, un poco de lluvia, un poco de calor, un poco de frío... pero sobre todo una libertad plena, porque su mente volaba en esas noches de insomnio y siempre terminaba exhausta y satisfecha en su ejercicio de contemplación.

Una madrugada, absorta en sus placeres, la asfixia la obligó a incorporarse y tosiendo se percató del incendió que estaba devorando el edificio, encerrada en su celda le fue imposible salir, quizás también sus gritos se perdieron entre las llamaradas que la calcinaron.

Nadie reclamó el cuerpo de Lizet, no hubo sobrevivientes, el incendio terminó con todo, borró en un instante la plausible labor de “El Arca” . Después de muchas horas se encontraron algunos elementos que asombrosamente no fueron consumidos por el fuego...el cuadro “El Regreso del Hijo Prodigo” y una pequeña envoltura de cigarros que contenía información precisa sobre el siniestro, escrita de manera erudita, casi imperceptible, por alguien que planeaba realizarlo precisamente ese día.


MARIA DE LOURDES MARIN RAMÍREZ....
22-06-09 COATZACOALCOS, VER.

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